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domingo, 7 de noviembre de 2010

SWINGER-LOCALES DE SWINGING

Me hicieron una oferta que no podía rechazar. Se trataba de visitar un local swinger y sobrevivir para después contarlo aquí. Sin pensarlo mucho dije que sí. Luego investigué qué significaba swinger y descubrí que no tenía nada que ver con la música ni el golf. Todo sexo. ¿En qué lío me había metido? Al parecer, según la infalible wikipedia, un local de swinging era un garito de intercambio de parejas. Una definición tan indefinida que definitivamente me asustó. ¿Cambiar las parejas? ¿Con qué sentido? ¿El concepto de pareja no implica estabilidad? ¿Intercambiarla no es romperla? Curioso. Tenía que investigar más.
Unos cuantos minutos de Google fueron suficientes. Estos pubs también son conocidos como "de ambiente liberal". Stop. Pienso delante de mi ordenador: ¿Acaso el resto de bares que he visitado en mi vida no eran liberales? Yo pensaba que sí... hasta que por primera vez crucé el umbral de una puerta de un local swinger. (Suena un trueno).
Mi pareja ficticia y yo visitamos el local en plan observadores independientes de la ONU buscando armas de destrucción masiva. (Metáfora acertada). ¿Habría tanto sexo como se rumoreaba? Ojos muy abiertos. Y nada más entrar -pasillo oscuro- nos encontramos con ¡¡el primer trío!! Eso sí, nada que ver con el sexo. Tres policías locales se cruzaron con nosotros en el recibidor. Habían estado comprobando los permisos del local. Todo en regla, nos dijeron. Me siento más seguro. Creo.
Primera parada y primer detalle. Mi compañera no paga. Yo, por el casuístico hecho de ser tío, 50 euros. Ella gratis y yo a pasar por caja. ¿Pero no se trataba de un local liberal? Supongo que hay cosas que no cambian ni en los ambientes más modernos.
Dejamos en el guardarropa los abrigos -que nos molestan dentro- y los móviles -para que no nos molesten los de fuera-. La ropa justa y una L de prácticas imaginaria en la espalda.
Primera imagen y todo parece normal. Poca luz que deja entrever más cuarentones que treintañeros, canción de Beyoncé en los altavoces y una barra donde pedir las copas (cuatro a cambio de los 50 talegos). Hasta ahora se estarán imaginando un bar cualquiera si no llega a ser por dos detalles. El primero es que en el televisor no hay vídeos musicales ni un partido de fútbol. (A no ser que se trate de alguna modalidad de partido amistoso que no conozco). Sí, se trata de una película porno en sesión continua. Apuesto a que la camarera sabe de memoria cuál será la siguiente postura de los actores. Casi nadie presta atención a la pantalla. Y no me extraña, teniendo en cuenta que a pocos metros de allí... Ahora lo cuento.
Antes, el segundo detalle. Un tipo apoyado en la barra. Pelo oscuro, rostro serio, copa de cubata en la mano, pelo en el pecho, pezones generosos y una única toalla blanca en su cintura. Con naturalidad habla con la gente que está a su lado. Desde luego no estamos en un bar cualquiera.
Llega el momento. Hay que visitar el resto del local. Allí donde sobran las toallas. Nosotros, como otras parejas (las menos), vamos vestidos. Parece que a nadie le importa. Respeto. Una de las normas, probablemente la que sostiene todo el invento.
Paseo rápido. Pasillo oscuro, gente abrazándose, sitio inoloro, suena una canción de Beatriz Luengo (extraño, lo sé), una sala con una gran cama, dos parejas están esperándonos... O a cualquiera que pase por ahí. "No, gracias. Más tarde, quizá". ¿Dónde me he metido?
Me quiero tranquilizar pero llegamos al cuarto oscuro. No hay que explicar mucho más que lo que define su nombre. Falta luz pero se oye de todo y se toca más. Disimulo con mi falsa pareja. Parece que las chicas están más expuestas que los chicos. Es decir, aunque aquí sea más explícito, ocurre como en todos los bares: son los chicos los que tienen que tomar la iniciativa y acercarse a otras chicas, aunque estén con sus parejas. Parece que los tíos reciben pocas solicitudes directas. (Menos mal. A mí pareja ya le han tocado el culo varias veces).
Ya nos habían avisado. La gran mayoría del lugar es heterosexual, y muchas chicas bisexuales. Mi media naranja por una noche está incómoda, creo. Así que cambiamos de lugar.En el centro de la gran sala, y con la mejor iluminación del lugar, un jacuzzi tamaño piscina de verano donde se bañan dos parejas. Y no están ensayando natación sincronizada precisamente. Ni nos miran, a pesar de estar a escasos palmos. (Perdón, no debería haber utilizado esa palabra).
Debajo del jacuzzi, hay un camarote. Parece un lugar bastante concurrido, al estilo de la película de los Hermanos Marx. Sólo que aquí, cuantos más mejor. Podemos mirar por unos ojos de buey lo que ocurre dentro. Y es que en cualquier lugar en el que estés puedes ser observado. Y, claro, puedes observar también a cualquiera. Pienso que seguro que hay alguien observándonos mientras nosotros observamos. Escalofrío.
Dejando atrás una orgía en la que cuento el triple de manos que de cabezas (y ninguna toalla) vamos a una zona llamada el "pasillo francés". Y no, no hay carteles de la Torre Eiffel ni del Arco de Triunfo. Se trata de un pasillo separado de otra habitación (muy concurrida) por una celosía. Creo que vi algo parecido en un capítulo de CSI: Las Vegas. Eso sí, aquí no había ningún cadáver. Esta celosía cuenta con agujeros más grandes a la altura de la cabeza y de la cintura. Sí, piensan bien (o mal). Se trata de "conectar" desde el pasillo con los de la habitación. Y lo de conectar no se hace con la coleta, como los Navi del planeta Pandora.
Las otras zonas juegan siempre con los mismos conceptos. Oscuridad, sugestión, exhibición, morbo y sexo, mucho sexo. Pero a pesar de eso, no siento en ningún momento que estoy en un lugar prohibido o de perversión. Todo lo contrario. La naturalidad de todas las situaciones me tranquilizan poco a poco. A los pocos minutos ya me sentía uno más. Y nada de suciedad, todo está muy limpio. Hay garitos de moda (muy caros) que huelen peor y que son menos higiénicos que éste.
La noche avanza y las ganas de sexo decaen. Damos otra vuelta y donde antes había orgías, frotes y gemidos se han formado pequeñas tertulias al estilo del Café Gijón, pero con menos ropa, claro. No nos unimos a ninguna, pero apuesto a que algunos hablan de fútbol, del Madrid y de los arbitrajes. Las chicas no.
Son casi las 4 y, claro, todo tiene un límite, también el sexo. Las armas de destrucción masiva han quedado desactivadas. (¿No dije que era una buena metáfora?) Hora de volver al guardarropa, ponernos los abrigos y encender los móviles. Hora de volver a la realidad.
Me meto en el taxi con una pregunta más. Si lo que he visto esta noche fuera lo cotidiano en nuestro día a día, ¿existirían locales conservadores para personas monógamas? Lo único de lo que estoy seguro es que si la gente se respetara fuera lo mismo que ahí dentro, la vida sería un poco más sencilla. Y más placentera, sin duda. Lección aprendida.

http://www.elmundo.es/elmundo/2010/11/04/espana/1288887643.html

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