BIENVENIDOS AL OLIMPO

domingo, 7 de noviembre de 2010

club de intercambio de parejas

Te cambio tu chica por mi chico

 "Hay tres normas que tenéis que cumplir. La primera es que la pareja va siempre junta. La segunda es que sólo se puede fumar en el bar y en este pasillo. Y la tercera, que debéis respetar a los demás. Si no queréis participar, no respondáis a los reclamos, nadie insistirá. En eso consiste el respeto en un club de ambiente liberal como éste . Bienvenidos".
Esta noche, nosotros somos los nuevos en este club de intercambio de parejas que hemos elegido porque su página web muestra un local sofisticado. Sin embargo, las bromas procaces de la relaciones públicas ya nos adelantan que, más allá de la barra, sólo hay sexo, mucho sexo y nada más que sexo.
Pasan unos minutos de las doce y media de la noche y el taxi nos deja frente al pub. El portero abre la puerta sin mirarnos siquiera, pero en realidad es para dejar salir a tres policías municipales que acaban de hacer una inspección. Mientras pagamos la entrada (50 euros por pareja con cuatro copas) y dejamos los abrigos y el bolso, los veo salir despidiéndose amigablemente del portero.
El espacio que nos recibe es oscuro y cálido. Hay una barra blanca, ondulada, dos camareros y algunos clientes. En una pantalla están pasando una película pornográfica.
Mientras esperamos a nuestra cicerone, observo que prácticamente el 90% de las clientas llevan falda y supongo que es para facilitar las maniobras sin necesidad de desnudarse.
La parroquia es amigable y dispar. Obviando el detalle de que hay gente vestida sólo con una toalla y otra que se pasea en ropa interior... observo que hay parejas muy jóvenes, abundan las de mediana edad y me llama la atención la presencia de unos señores de entre 60 y 70 años. Él viste un elegante traje de chaqueta, con un pin en la solapa. Bromeo con mi compañero: "Parece un notario de Burgos". La risa relaja los nervios. No puedo evitarlo, tengo prisa por entrar y, a la vez, me da pánico escénico no saber qué hacer ahí dentro. ¿Tengo que hacer algo? ¿Es obligatorio participar?
La relaciones públicas nos trae buenas noticias: "No tenéis que hacer nada que no queráis. Podéis mirar sólo, si es lo que queréis. Deberíais tener una contraseña entre vosotros, para cuando uno de los dos se sienta incómodo, que el otro lo sepa sin ofender a nadie. ¿Vamos?".
El recorrido con ella es rápido, ilustrativo y suena irreal como un arma de fogueo. Es cuando nos deja solos cuando empieza la aventura. Siento que, antes de ir a algo más fuerte, deberíamos empezar por sentarnos en una zona de mesitas reservada para charlar y entrar en contacto con otras parejas. Elegimos un sofá un poco alejado y permanecemos un rato hablando entre nosotros. Al final acordamos que nuestra contraseña será "creo que he bebido demasiado". Me hace gracia, a nadie le apetece mucho que se le acerque un borracho.
Me sorprende que la iluminación del recinto permita distinguir formas, volúmenes y actitudes, pero ni rostros ni detalles. Así es mejor. El pub está decorado como si fuera un barco. Hay dos camarotes, pero tienen el cerrojo roto. En realidad da igual, porque casi nadie los usa para practicar el sexo en privado. Aquí el sexo es más que público; es democrático.
En el paseo de reconocimiento ha llamado mi atención lo que nuestra guía llamaba "la pista de baile", así es que allá vamos. Es una habitación más bien pequeña, con un columpio de cuero negro en el centro, en el que la música está bastante más baja que en el resto del local. Da igual, porque nadie baila. En realidad es una habitación para tocar y ser tocado. Las parejas se frotan entre sí, unas contra otras, se hacen felaciones de pie, cunnilingus, penetraciones por detrás (no me atrevo a aventurar si anales o vaginales) y todo el mundo está invitado a tocarse.
Mi compañero, que me protege con su cuerpo, siente la necesidad de volverse para mirar él también a los que están a nuestro alrededor y cambia su posición conmigo. Error. Porque inmediatamente siento una mano que se aventura furtiva y suavemente por debajo de mi falda. Está claro que no me ha entendido, porque, en lugar de devolverme a mi posición inicial, con la espalda en la pared, me da la vuelta y me expone de frente a los demás. Y ahora ya no es una, sino dos o tres manos las que se lanzan a mi cuerpo (nosotros somos los únicos que estamos completamente vestidos) y me acarician los pechos y las piernas. Me deshago con cuidado de todos y nadie vuelve a tocarme.
Funciona el código del respeto, es un alivio, pero quiero cambiar de escenario. "Creo que he bebido demasiado", digo. Y salimos por la puerta. Me decepciona que no haya nadie en la cama redonda, así es que vamos al jacuzzi, donde también esperaba más actividad, así es que nos quedamos en una zona muy concurrida y tomamos asiento para contemplar en primera fila la orgía que se están montando unas cuatro parejas. Es difícil saber cuántas hay, porque veo demasiados brazos, piernas y cabezas cambiando continuamente de postura, en una especie de ensalada viviente de cuerpos.
No soy una consumidora habitual de porno, pero ahora sí que siento que estoy dentro en una película. Frente a mí tengo una orgía; debajo, en una zona subterránea que se llama 'el submarino' con tragaluces desde los que vemos la acción, una mujer tiene sexo con tres hombres; y a la derecha, en el pasillo francés, varias parejas practican el coito sin mezclarse demasiado... de momento. Permanecemos un rato allí, escuchando, viendo, sin atrevernos a tocar a nadie (para que nadie nos toque) y me doy cuenta de que, rodeados de sexo (no menos de 15 parejas lo practican a menos de dos metros de nuestra posición), ¡no huele a nada! De pronto, varias mujeres (tres o cuatro), comienzan a gemir casi al unísono. Y ahora sé que los únicos orgasmos que se escuchan son los de ellas. No oigo a ningún hombre verbalizar el clímax.
Sin movernos del sitio, nos concentramos en el submarino que está abarrotado. En un extremo, una mujer practica una felación a su pareja. En el otro, tres hombres (uno de ellos, negro) penetran por turnos a una joven de acento suramericano que les anima a seguir. Cuando acaba el tercero, la mujer se vuelve y se tumba bocabajo para acariciar el miembro del que puede que sea su pareja. Mientras, uno de ellos, hurga con sus dedos en su sexo y vuelve a arrancarle gemidos. En el centro, un chico observa la escena mientras se masturba. A su lado, su chica, permanece quieta y ausente, como si no estuviera. Me cuesta trabajo permanecer ajena a lo que veo. Así es que supongo que he llegado a mi límite.
Analizo mi situación y siento que tengo muchas buenas razones para no participar en esa fiesta a la que continuamente me están invitando. Pienso en cada una de ellas y llego a la conclusión de que necesito moverme. Nos levantamos y damos otra vuelta.
Volvemos a la pista de baile. Esta vez la consigna es clara: no exponerme a las manos de los demás. Ahora hay sólo cuatro parejas. Dos se apañan solos, y las otras dos han comenzado a acariciarse los unos a los otros. Entra más gente. Entre ellos una pareja mayor que aún está vestida. Miran, como nosotros, a los demás, pero ellos sí están dispuestos a participar. Un muchacho mucho más joven se acerca a ellos, toma la mano de la señora (que podría ser su madre) para que ella sepa que quiere que le masturbe. La mujer obedece sin dudarlo mientras el chico la besa y manipula los pantalones del señor.
Cuando empiezo a sentir que tengo suficiente oigo a mi compañero: "Estoy borracho", así es que nos vamos. "Demos una última vuelta", sugiero. Pero, en cuanto empezamos, siento que debe ser demasiado tarde porque la gente menudea y las erecciones ya no son lo que eran hace unas horas. En el lugar donde antes hubo una orgía, ahora hay una tertulia y, en el pasillo francés, una pareja se da un último apretón mientras la relaciones públicas recoge algo con la fregona. La imagen es tan surrealista que llegamos a la conclusión de que es hora de marcharse.
Pese a que es noche cerrada (las cuatro y media de la mañana), la luz de la calle me deslumbra y el viento frío se lleva de un soplo los restos de mi sensación de calentura.
En el taxi de vuelta siento que se ha desvanecido ese deseo primario que sentía hace un rato. No había visto nada igual hasta ahora, pero es cierto que no me ha parecido sucio, ni alarmante, ni pecaminoso. Como mucho descarado. Hemos salido intactos de la experiencia. O eso creo. Ya veremos si consigo sacar estas imágenes de mi cabeza para poder dormir conmigo misma esta noche
http://www.elmundo.es/elmundo/2010/11/04/espana/1288887643.html

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