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domingo, 14 de noviembre de 2010

LOS DOMINGOS TIENEN CUENTO: LOS DOMINGCUENTOS. "LAS MANOS DE BERTIL"

LAS MANOS DE BERTIL
Las manos de Bertil fraguaban cada noche. Cada madrugada. Fraguaban con la brisa del arcoiris, entre el color verde y el turquesa justo ahí.

Bertil lo ignoraba. Se las encontraba por la mañana entre sus cosas y las utilizaba sin pensar. Ellas se resignaban dolidas por el trato procuraban protegerse bajo la blusa del aire, fragmentadas, disueltas en espuma de besos.
Bertil dormía. En camas distintas, en sitios distintos. En compañía distinta. Entonces esas manos cruzaban el asfalto de su sueño y se deslizaban coquetas por una ladera nevada de azul.
Cada dedo movía el aire haciendo espirales de diferentes sabores. El dedo índice de la mano derecha cobijaba en su corazón mentolado a un pianista. En sus ratos libres descorchaba notas de un piano hecho con cristales.
El dedo anular de su mano izquierda deseaba llevar anillos. Muchos anillos. Anillos que inventaba con la chispa de su mirada. Anillos rellenos de besos limpios y estornudos de jabón.
Los dedos meñiques eran gemelos pero no lo sabían. No se comunicaban. Ambos querían ser actores de cine o teatro. Encaramarse a una gran pantalla o arañar un escenario y embadurnarlo todo de ellos. Enamorar a las más atractivas y a las otras. Memorizaban el "tic tac" del reloj de Bertil y luego lo dramatizaban gesticulando solos frente a un espejo que ellos fabricaron .Memorizaban las palabras de amor que Bertil tallaba para la amiga o amante de turno. Y declamaban como hechos en el siglo diecisiete. Tal vez no estaban muy orientados, pero tenían talento y eran apasionados.
El dedo pulgar de la mano derecha era un político nato. Mentía y amaba como un político. Comprometiendo su lluvia con todos y con nadie. Taimado y tajante, capaz de intimidar a la sombra de su sombra por taladrarse un poco de poder. Simpatizaba con los meñiques camaleónicos por razones obvias. Detestaba, sin embargo, al dedo índice de la mano derecha.
También al de la mano izquierda. Este ere un poeta romántico y taciturno untado de metáforas y amores políglotas no siempre correspondidos. Cambiaba, como Rubén Darío, un poema de camelias por un trago de coñac amargo. Vestía las paredes de palabras deshojadas al mar, disueltas en lágrimas y en manos de té con limón.
El dedo pulgar izquierdo anhelaba ser psicoanalista. Trazaba perpendiculares a los sueños y había tejido un diván rojo sobre fondo negro. Leía las obras completas de Freud cada día con su técnica de lectura rápida y esperaba bata blanca, en su sillón, la llegada de pacientes.
El dedo anular derecho calzaba un ecologismo sexual y promiscuo. Casquivano en el amor, se manifestaba contra las bases militares y elaboraba un código de derechos de las hormigas hembras de Sri Lanka a la par que organizaba cursillos intensivos y acelerados de adelgazamiento pare hipopótamos. Segaba pactos de siestas con el ozono y la función clorofílica. Hacía el amor continuamente para prevenir el cáncer de pulmón aunque, eso sí, seguro de no contraer ninguna enfermedad mortal pues se encapuchaba entero con líneas transparentes de orgasmos anaranjados.
El dedo corazón de la mano izquierda ere un denodado inconformista. Se depilaba los defectos cada día con la dependencia de un perfeccionista estafado. Visitaba con frecuencia a su amigo el dedo pulgar izquierdo pero de su diván sólo caían gotas de amor dormidas. Era un buscador de amores eternos y palabras vírgenes. Hubiera deseado transformarse en estalactita o tal vez estalagmita. Dulce de manzana bajo un caparazón férreo soñaba y lloraba en silencio con cualquier escena de Ghost. Algún insensato hilvanó en una de sus esquinas alguna frase hiriente y él se la imprimió. Pero cuando pegaba en su cara esa sonrisa tan suya, deslumbraba con su belleza e todos los que se arañaban a la historia en un radio de cincuenta kilómetros.
El dedo corazón de la mano derecha rea el más problemático de la familia. El más difícil de entender. Algún hechizo había florecido entre sus ojos de miel una esquizofrenia de hojalata. Vestía de joven ejecutivo, ordenado hombre de inventar negocios. Nació con un teléfono móvil en la mano y un porche rojo corriendo bajo su peso homologado. Frío y calculador rociando de triángulos amarillos la histeria del mundo, armado de Christian Dior, higiénico en amores y parco en palabras, buceaba entre arrecifes de trabajo de día y de noche.
Sin embargo, cuando sale del hospicio el viento norte, otra personalidad aborda su buque. La brisa septentrional despeina la brillantina que apelmaza un pelo ondulado y rebelde que se desploma contra él mismo y sale vagabundo viajero y bohemio, cargando mochila liviana de pasaporte usado. Bordea con rosas los caminos y va sembrando amores en cada cima.
Bertil Casi no los miraba. Y ellos lo deseaban tanto.
Bertil despertaba con cucharadas de besos prestados. El espejo le devolvía una sonrisa que seduce alcobas y una ducha moldeable lo esperaba, caliente, desnuda y deseosa.
El entraba despacio chapoteando jadeos sabía qué obtendría. El agua sólo ere el envoltorio de unas manos de mujer, otras manos. Felices y satisfechas que lo recorrían de arriba a bajo con labios de menta. Despeinaban su cabello con perfume de flores, paseaban cálidas por la geografía tostada de Bertil que se dejaba surcar. Las manos de agua se balanceaban por el rostro de aquel hombre besando sus ojos cerrados que contenían la imagen secreta de una mujer desconocida que lo visitaba a menudo. Se difuminaba contra el vapor atrayéndolo hacia sí. Lo descosía y adhería una lengua rosada a pedacitos de un cuello enervado. Labios transparentes moldeaban una escultura en su torso de caramelo líquido y succionaba don deleite los colores de aquella nube acelerada de respiración.
Revoloteaba esa boca frente a él mientras las manos líquidas rompían yemas de nácar sobe su espalda tan pausadamente que podía memorizar el sonido acolchado de los dedos, bajando cada vez más siguiendo el trazado vertical de los besos curiosos.
Las manos de Bertil trataban de tocar algún fragmento de ese cuerpo transparente que lo sucumbía. Podía verla desde sus ojos. Casi tocaba el cabello claro descendiendo por su vientre, bajando justo donde le crecen los sueños. Entre él y la boca de mariposa se rebelaba una fuerza de hombre llena de sangre en ebullición, un obelisco de azúcar lleno de amor nuevo. Ella paseó sus dedos ahora de abajo a arriba, desde los pies mojados hasta las caderas estremecida en gemidos. Luego de arriba a abajo mareando la paciencia de Bertil, vencido sin vencedor. Lasa manos delgadas acaparaban el contorno de sus piernas las nalgas hirvientes y un pubis aterciopelado que sin querer cruzaba el puente hacia esa boca invisible. El extremo de la lengua de miel trazaba surcando líneas eternas la unión de los muslos con el vientre. En ese momento infinito pudo verla mejor. Un cuerpo pálido surgía del sueño efímero, haciéndole vibrar como la cuerda acústica de su guitarra.
Dos senos firmes de nieve caliente rozaban infieles la pared frontal de ese hombre infranqueable. Senos frutales, calculados para la concavidad de sus manos. Senos escondidos en alguna parte de su camisa. Los dedos de Bertil decidieron secuestrar esas manos de aguas diferentes al tacto.
Se sorprendieron al comprobar los espacios comunes entre ellos. Escanciaban añoranzas unos sobre otros similares. Índice con pulgar, corazón con meñique, anular con corazón.
Ella ascendió y besó con rayos de estrellas trituradas al hombre que la había concebido. Sostenida por sus dedos ellas se sumergió otra vez, despacio, en ese lago de crepúsculo varonil. De nuevo lo recorrió con miel en saliva hasta que esa empuñadura de sueños crecidos entró con cuidado en la boca de esa mujer, jugando con lenguas de chocolate y labios escondidos en mermelada. Aquel juego feroz devoraba cada vez más insistente el aliento de ese hombre que se estremeció entrelazando dedos de jazmín con su compañera de vapor cuyos labios atrapaban el tronco más salvaje del balcón rojo de su alma.
Se entretejían en labor de equipo mientras el calor aumentaba hasta dibujarse casi insoportable. Apretaban sus manos como si nunca más fueran a encontrarse. Sin poder controlar, sintió como de sí huía una humedad de huellas en un solo chorro borracho, cálido y sin brújula.Comenzó a desteñirse la tensión y de los bolsillos des esfuerzo salió una paz de mare violeta con sabor a plátano.Esa mujer emergió otra vez y le sonrió acariciándole la nuca mojada. Introdujo el último beso profundo en su boca cansada y él la hundió sobre su pecho bebiendo de su cuerpo frágil y desnudo. Suave, adherido a él, inspirándole entero, como si quisiera llevárselo con ella para siempre. Para iniciar el recorrido una vez más. Para dejarse acariciar por sus huellas seguras. Para adivinar cómo puede sentir una mujer. Hasta que recordó que ella no era una mujer. Hasta recordar que debía volar al país de los sueños de las fiebres eternas de las soledades ahuecadas que debía dejarlo en sus realidades secas de risas fáciles y vida de maraca alegre, de olor a ginebra con refresco vertida en vaso cuello largo de marejada estridente, madrugadas con abrigos de promesas huecas, escritos con margen amplio y firma standard. Saludos hechos de memoria y versos aprendidos de algún tango remoto.
Definitivamente vidas paralelas, vidas diferentes.
Sara González Villegas.

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