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domingo, 27 de noviembre de 2011

Tailandia: turismo sexual, sí. Insultos al rey, no

La última condena a 20 años de cárcel por un delito de «lesa majestad» pone en la picota la libertad de expresión en un país donde su monarca es venerado como si fuera un dios viviente

A pesar de esta devoción popular, en los últimos tiempos se han abierto varias grietas en el hasta ahora sólido muro de la sagrada monarquía. El último caso lo ha protagonizado Ampon Tangnoppakul, un hombre de 61 años que acaba de ser condenado a 20 años de cárcel por meterse con el soberano. En mayo del año pasado, durante la sangrienta revuelta de los “camisas rojas” que paralizó Bangkok dos meses y se cobró unos 90 muertos, Ampon envió con su teléfono móvil cuatro mensajes de texto al secretario privado del entonces primer ministro, Abhisit Vejjajiva.
Sin revelar al público su contenido, la Oficinia Central de Investigación de Tailandia consideró que dichos mensajes eran “inapropiados y se consideraban un insulto a la monarquía que había ofendido a los receptores”. Acusado de cuatro delitos de “lesa majestad”, penados con hasta 15 años entre rejas, Ampon ha sido declarado culpable en un polémico caso que vuelve a poner en la picota la libertad de expresión en Tailandia.
Amnistía Internacional ya ha tildado al “Tío SMS”, como se conoce popularmente al procesado, de “preso de conciencia”, mientras que otros abogados internacionales denuncian que bajo los cargos de “lesa majestad” se esconde una auténtica “caza de brujas”.
El mes pasado, un ciudadano estadounidense de origen tailandés, Joe Wichai Commart Gordon, se declaró ante un tribunal culpable por colgar en su blog de internet el enlace a un libro sobre el rey que ha sido censurado en Tailandia por sus supuestos “contenidos ofensivos”. El editor de una página “web” tailandesa también se enfrenta a 20 años de cárcel por no borrar enseguida los comentarios críticos contra la monarquía vertidos por los internautas.
Junto al caso de Oliver Jufer, un suizo juzgado en marzo de 2007 por pintarrajear con un spray sobre retratos del soberano, todas estas persecuciones legales han llevado al enviado de la ONU para la libertad de expresión, Frank La Rue, a pedir una enmienda de los delitos de “lesa majestad”.
Aunque Tailandia es uno de los países más abiertos y relajados del mundo, la idealización de su monarquía se podría comparar con la alienante propaganda del dictador Kim Jong-il. Como en la estalinista Corea del Norte, resulta imposible dar más de diez pasos sin tropezarse con un retrato del rey Bhumibol Adulyadej, que lleva 65 de sus 83 años en el trono. Portando la corona real, mirando a través de un telescopio, tomando fotos con su cámara, cazando mariposas y hasta tocando el saxofón, el soberano Rama IX está omnipresente en las fachadas de los edificios y en cuadros colgados en tiendas, restaurantes, casas particulares y hasta en algún que otro salón de masajes con “final feliz”. En los cines, los espectadores deben levantarse y rendir sus respetos mientras se proyecta un bloque con imágenes de la Familia Real antes de cada película. Y, todos los lunes, los tailandeses visten polos amarillos, el color real, en honor de Bhumibol.
Gravemente enfermo desde hace ya dos años y totalmente apartado de la vida pública, el longevo rey de Tailandia agoniza mientras esta bella nación del Sureste Asiático intenta reponerse de las catastróficas inundaciones de estos últimos meses. Además, el “país de la sonrisa” se enfrenta a la grave fractura política que divide a la sociedad entre los partidarios del monarca, los “camisas amarillas”, y los “camisas rojas”, los seguidores del depuesto primer ministro Thaksin Shinawatra, cuya hermana Yingluck ganó las últimas elecciones el pasado verano.