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sábado, 12 de febrero de 2011

LA MUJER SIN ROSTRO, POR MARÍA BASTITZ

La Mujer sin Rostro-

Eran las cinco de la tarde de un día de invierno cuando los bomberos entraron en el edificio seguidos de un par de agentes de la urbana, los de la policía judicial y los del 061. Se detuvieron en el primer piso, y llamaron insistentemente a la puerta de una de las viviendas. A través del cristal semi opaco de la ventana del patio de luces que daba a la escalera, se reflejaban sombras que permitían adivinar lo ocurrido.
Al poco rato un anciano de aspecto cansino y mirada somnolienta les abrió la puerta. Al ver a tanto personal uniformado en el rellano, palideció:
–¿Qué ocurre?
–¿Acaso no se ha enterado? –preguntó de mala gana el agente de la urbana.
–No sé a que se refiere, estaba viendo la televisión y me he quedado dormido en el sofá –contestó el hombre.
Los de la policía judicial, abrieron la ventana que nadie se atrevía a tocar y fue entonces cuando el hombre la vio por primera vez.
La joven estaba boca abajo con el cuerpo desnudo. Su melena rubia y despeinada se enredaba con uno de los setos que, convivían con cubos y escobas en aquel minúsculo espacio. Su piel, de un blanco transparente, todavía no había adquirido el color amoratado de la muerte. Los del servicio de urgencias médicas entraron rápidamente en el piso para socorrerla. Pero cuando le dieron la vuelta al cuerpo inerte, ya hacía horas que la vida había huido de él, y el horror se apoderó de todos los presentes. El cadáver no tenía rostro, lo había perdido al dar de bruces en el suelo, tras caerse desde la octava planta del edificio.
De repente empezaron a oírse voces que provenían de los pisos superiores, y una mujer obesa, con el ánimo crispado, se precipitó en el rellano haciéndose un hueco entre los presentes:
–¡Era mi vecina! ¡Era mi vecina! –no paraba de decir.
–¿Cuánto tiempo hacía que vivía en el edificio? –le preguntó uno de los policías.
–Alrededor de cinco años.
–¿Sola?
–No, con su marido, supongo.
–¿Ha visto algo o a alguien que le haya llamado especialmente la atención?
–Verá, solo he oído que llenaba de agua la bañera. Las paredes de esta casa parecen de pergamino, y una, sin proponérselo, puede conocer la vida y milagros de los demás. Luego, unos gritos horribles y un ruido estrepitoso, que provenía del patio de luces, me ha dejado paralizada. El resultado está a la vista de todos.
–¿Sabe usted a qué hora llega a casa su marido?
–Alrededor de las ocho y media de la noche

Sucedió que, sin darse cuenta, el anciano se quedó solo en el rellano. Los bomberos, al ver que no se precisaba de sus servicios, decidieron marcharse. Uno de los agentes de la judicial, subió al piso de la víctima acompañado de la urbana y de la vecina, mientras el otro policía cubría el cadáver con una manta, en espera de la llegada del juez. Los del 061 recogieron sus bártulos y también se fueron, pero el hombre seguía inmóvil, apoyado en el marco de la ventana, contemplando el dramático panorama.
El rostro, cansado y somnoliento, que exhibió al abrir la puerta de su domicilio, había adquirido una dureza inusual, sus ojos verdes, medio escondidos detrás de unas gafas metálicas, que a menudo resbalaban por su excesiva nariz, habían perdido toda la expresividad y su mirada se extraviaba en el infinito. Las espesas cejas se arqueaban arrugando su amplia frente, por donde se deslizaba un frondoso mechón de pelo blanco. Por su expresión parecía que quisiera encontrar una respuesta al por qué de todo aquello. Apretaba con fuerza los labios, intentando contener el malestar que le invadía. La pérdida de una vida joven no dejaba de torturar su conciencia:
–Me gustaría creer que todo ha sido un mal sueño –se decía– pero desgraciadamente, es la pura verdad. Debía de estar drogada. La juventud de hoy en día es insaciable, y siempre parecen ávidos de nuevas sensaciones. Han tenido una vida regalada, Viven a costa de los padres hasta los treinta y tantos, ni estudian ni trabajan, y como si de un juego se tratara, quieren experimentar emociones diferentes y viajan a la estratosfera, gracias a eso que se conoce como…
El anciano dudó unos instantes, y provocó una secuencia de chasquidos con los dedos, mientras las palabras que buscaba se resistían a desprenderse de sus labios:
–Debe ser la demencia que ya no me deja pensar. ¡Ah, sí! –exclamó al fin–, drogas de diseño. ¡Y zas ¡ Se lanzan al precipicio y en lugar de tocar las estrellas, se dan de bruces en el suelo. Sin ir más lejos –y señaló el cadáver de la joven–, ayer me la encontré en la escalera, rebosaba vitalidad, y quizá por compasión, me dedicó una sonrisa aduladora, que a mi edad, siempre es de agradecer, y veinticuatro horas después aterriza muerta y sin rostro en el patio de mi casa. En mis tiempos, no necesitábamos de estos venenos para vivir al filo de lo imposible. Nos contentábamos con fumar un paquetito de Celtas, bailar cuanto más pegados mejor, y si de vez en cuando dábamos con la hembra adecuada, echábamos una canita al aire Estábamos más reprimidos, sí, pero crecíamos en condiciones saludables. En cambio éstos mocosos de ahora, presumen de tener el mundo en sus manos y desafían las leyes del Universo Si tuvieran un poco más de sentido común, no se atreverían a jugar de semejante manera con su vida, para acabar con el cuerpo reventado y tapado con una manta de cuadros.


En la octava planta, la urbana interrogaba a los vecinos, mientras que el policía se disponía a entrar en el domicilio de la víctima. La puerta no estaba forzada y gracias a una ganzúa logró abrirse paso al interior del piso. El vestíbulo estrecho y largo, conducía a la sala de estar, que no reflejaba alteración alguna. A un lado de la pared del pasillo colgaban varios cuadros, adquiridos en países lejanos, junto con dibujos de Corben y telas procedentes de la escuela paisajística de Olot. Y en el otro había tres puertas cerradas, que daban entrada a distintas habitaciones. El agente abrió la primera y se encontró con un despacho perfectamente ordenado. La segunda daba a una salita que conducía al dormitorio principal. Encima de la cama todavía se encontraba doblado, un juego de sujetador y bragas de encaje blanco, junto con unas medias negras.
Al abrir la tercera puerta fue a parar al baño, y el panorama empezó a cambiar, varias toallas arrojadas en el suelo obstruían el paso. Se había roto un frasco de perfume que olía a jazmín, y los trozos de cristal amenazantes se habían dispersado por todos los rincones. Pero, afortunadamente, la ventana estaba abierta de par en par, y un aire gélido liberaba el ambiente de aquella aroma tan intensa. El grifo de la bañera seguía abierto y sin posibilidad de vaciarse, el agua se deslizaba por el suelo con absoluta impunidad camino de extenderse por toda la vivienda. El policía intentó frenar la inundación cerrando la llave de paso, pero antes de que alcanzara la válvula, vio la cabeza desafiante de la asesina. Se sobresaltó, sacó su revólver, apretó el gatillo y disparó una sola bala. Los de la urbana, alertados por el ruido de la detonación, se precipitaron en el interior del piso, y encontraron al agente de la judicial apoyado en el umbral de la puerta del baño, guardando su arma en la cartuchera.
Una hora más tarde, el marido llegaba al domicilio. Los de la policía le esperaban en la puerta de la calle y tras identificarse, lo acompañaron al interior del edificio. El hombre les interrogaba con la mirada, pero al ver, que pasaba el tiempo y no le decían nada, preguntó alarmado:
–¿Qué ha ocurrido?
–¿Tiene usted una serpiente en el piso?
–¡¿Me están tomando el pelo?! –gritó exasperado–. ¿Para esto me han obligado a venir a toda prisa? ¡¿Cómo diablos voy a tenerla?! ¡ Mi mujer tiene fobia a los reptiles!
Entonces uno de los agentes tuvo que comunicarle la fatal noticia. Su esposa se había precipitado al vacío al verse atacada por una anaconda de extraordinarias dimensiones, que había invadido el baño de su casa asomándose por el inodoro.
María Bastitz

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