DILMA: Una 'mandona' transformada
Lo mejor y lo peor de Dilma Rousseff tienen un mismo nombre: Luiz Inácio Lula da Silva. Sin el presidente, la ex guerrillera nunca habría sido candidata del Partido de los Trabajadores (PT) ni sería la favorita para tomar el Palacio de Planalto el próximo Año Nuevo. Pero Lula será al mismo tiempo un oscuro nubarrón sobre Dilma una vez que ella asuma el poder: haga lo que haga, es prácticamente imposible que alcance nunca su enorme popularidad. Porque el poder puede heredarse, pero el carisma es intransferible.
Hecha la comparación entre el profesor y la alumna -casi padre e hija-, hay que reconocer también la llamativa transformación de Dilma (Belo Horizonte, 1947) a lo largo del medio año que ha durado la campaña.
La ministra que Lula escogió a dedo se había ganado la fama de ser una "mandona" implacable que humillaba en público a sus compañeros de gabinete y hacía llorar por teléfono al presidente de Petrobras, José Sérgio Gabrielli. Era la ministra sin sonrisa, la misma mujer que en su juventud ya había exhibido esas dotes de sargento para imponer sus órdenes entre los compañeros que luchaban contra la dictadura militar (1964-85).
La presidenciable Dilma, en cambio, les ha hecho la vida imposible a los fotógrafos que trataban de capturar algún gesto de enfado y a los reporteros que la presionaban para sacarle una respuesta malhumorada. El trabajo intensivo de los asesores de imagen ha convertido a la ex ministra en una candidata sonriente e incluso bromista cuando se levanta con buen pie. Nunca gruñona ni agresiva, al menos si la prensa está delante.
Contra la dictadura
Hija de una profesora brasileña y de un comunista búlgaro exiliado, Dilma sintió inquietud por la política desde su adolescencia y muy pronto optó por la lucha armada como forma de combatir la dictadura. A diferencia de su adversario José Serra, que escogió la vía política, ella prefirió integrarse en el Comando de Liberación Nacional (Colina) y más tarde en la Vanguardia Armada Revolucionaria Palmares (VAR Palmares).
Dilma colaboró en el mayor asalto de la guerrilla en junio de 1969 y, tras ser capturada meses después en un bar de São Paulo, sufrió como castigo la tortura del régimen. En aquella época, un fiscal ya la había calificado como "la Juana de Arco de la subversión".
Ascensión política
Décadas más tarde, divorciada por segunda vez y con una única hija, inició su rápida ascensión a la cumbre de la política brasileña. Aunque no se afilió al PT de Lula hasta 2001, el jefe de Estado confió inmediatamente en ella. Tanto como para entregarle la cartera de Minas y Energía, primero, y elevarla después a ministra de la Casa Civil -equivalente a jefa de gabinete- tras el gran escándalo que sacudió Brasilia en 2005.
Desde entonces, Dilma y Lula no han hecho otra cosa que trabajar el uno por el otro. Ella, para apuntalar los logros del Gobierno. Él, para asegurarse de que cada uno de los 135 millones de ciudadanos con derecho a voto supiera que apoyarla en las urnas equivalía a elegir un tercer mandato del lulismo. La fórmula ha dado resultado.
http://www.elmundo.es/america/2010/10/03/brasil/1286067956.html

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