Ya no hay bodas de cuento
La princesa Victoria de Suecia se casa, ¿qué tendrá la princesa? Un novio, para empezar, claro. Bueno, o no tan claro, porque también podría ser una novia.
Ahora hay cuentos para niños en los que un príncipe se casa con un príncipe, y una princesa, con una princesa; de enterarse Hans Christian Andersen, caería muerto. O a lo mejor no, que la sensibilidad no es patrimonio exclusivo de los gays. Hay gays (incluso escritores gays) que son unos zopencos, y heterosexuales (incluso escritores heterosexuales) que están bien en cuestión de respeto y delicadeza de espíritu. En fin, yo creo que eso de alimentar literariamente la imaginación y las emociones de la infancia con bodas principescas gays está requetebién, porque es la mejor manera no de hacer proselitismo homosexual, como enseguida dirán algunos, sino de convertir en natural lo que es de ley y de justicia.
De todos modos, la princesa heredera de Suecia va y se casa con un señor.
La princesa heredera de Suecia se casa con un señor plebeyo. Esto, como lo de las bodas gays, también es una aportación al imaginario colectivo de los cuentos infantiles. En la literatura infantil tradicional (y, últimamente, también en la vida real -y Real-) la plebeyez en las bodas morganáticas corría siempre a cargo de la novia: la Cenicienta, por ejemplo. Era inimaginable que un joven y apuesto leñador cayese, como la Bella Durmiente, en un sueño (sin ronquidos, por supuesto) provocado por la maldad envidiosa de sus hermanastros, deseosos de casarse con la guapísima heredera del Reino, y que la tal heredera lo pusiera todo en su sitio con un beso al Bello Durmiente. La boda de Victoria de Suecia con ese dueño de gimnasios se parece lejanamente a esa dislocada fantasía literaria.
En un cuento como Dios manda, el novio de la princesa tendría que ser más guapo y más pobre. El novio de la princesa Victoria es plebeyo, y no es lo que se dice guapo: sobre todo, desde que la cara se le puso jamona, se colocó unas gafas convencionales, y se convirtió en un pretendiente formal. Pero no es precisamente pobre, así que no responde al chusco modelo de 'Ceniciento'. Para un cuento infantil como el de 'Blancanieves', pero feminista, Victoria de Suecia tendría que ser, además de princesa heredera, una ejecutiva agresiva y sexualmente muy liberada. Y su novio, un inmigrante guapetón, pero pobre de pedir (o de 'top manta'), sexualmente reprimido por idealización del matrimonio, y emocionado con el sueño de convertirse en el príncipe objeto de una princesa forrada, hermosa, elegante y capaz de meter en cintura a malvados como el mismísimo Fondo Monetario Internacional. Con personajes así hasta yo, que no soy precisamente un enamorado de los niños, escribiría un cuento precioso además de muy moderno.
También hay que reconocer que, hoy día, los príncipes azules están claramente desteñidos. Alberto de Mónaco da la imagen de cualquier cosa (de cervecero prematuro y en el armario, por ejemplo) menos de príncipe apuestísimo y encantador. Los niños de Carlos de Inglaterra son unos zangolotinos malcriados, sobre todo el pequeño, aunque es verdad que Guillermo, el heredero del heredero, terminará siendo Rey y eso aún cotiza una barbaridad. Pero los dos hacen sufrir bastante a sus novias, lo que no resulta nada presentable ni para un príncipe ni para un hombre normal y de cuerpo entero. Nuestro Felipe está tan pillado sentimentalmente que ya no puede ser azul, todo lo más será rojo y gualda. Luego hay montones de príncipes europeos que carecen de la mínima relevancia para soñar con ellos, y un príncipe árabe con posibles no me parece de fiar para ninguna chica mínimamente moderna.
Queda, quizás, Filiberto de Saboya, que se conserva guapo, tiene amores casquivanos y ha ganado en Italia el concurso '¡Mira quién baila!', como Belén Esteban, la princesa de San Blas, lo ha ganado aquí. Ellos sí que están a la última moda y cotizadísimos. Con ellos sí que podría escribirse un cuento infantil a tono con los tiempos.
Bueno, con ellos y con Carlos de Inglaterra. Con Carlos de Inglaterra, sí, y con su Camila. Lo de ellos sí que es un admirable cuento de amor. No para niños, de acuerdo, para ancianitos. Pero, si llegamos a viejecitos, acabaremos siendo como niños ¿no?, y agradeceremos mucho que un escrito talentoso y sensible escriba un cuento feliz para nosotros y para nosotras.
http://www.elmundo.es/elmundo/2010/06/18/cultura/1276847939.html
“Encontré el Olimpo bajo mi cama” es un libro que presenta a la mitología griega bajo un punto de vista cercano. “Muchas veces ayudó una broma donde la seriedad solía oponer resistencia”, decía Platón. La novela va dirigida tanto a personas jóvenes como a personas adultas. Es para aficionados a la mitología y a quienes nunca la comprendieron. Para amantes de la literatura como para apasionados del humor. Sara González Villegas.
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