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domingo, 16 de diciembre de 2007

LAS HORMIGAS BULIMICAS MUEREN POR SOBREDOSIS DE AZUCAR

Era un verano normal y estaba en mi casa haciendo lo que se suele hacer en verano. Ese afán por divertirse, tener sexo con nativos de otros lares o bailar algún ritmo hortera con excesos de cocoteros...no va conmigo.
Prefiero dedicarme a leer, dormir, hacer las cosas que durante el resto del año no se pueden hacer...y aburrirme, supongo.
Tenía todo muy bien planeado. Iba a pasar unas semanas, tal vez más con mi mejor amigo con apellido impronunciable que se dedicaba a quitarle juanetes a sus fiordos mientras estos intentaban jubilar al "midnightsun", que por fin supe qué era eso. En teoría.
En fin, casi tenía los billetes en las manos, la maleta con ropa de invierno -como sabéis nuestro meridional invierno es equivalente a su septentrional verano, mira tú por donde. Y nuestro meridional verano de cuarenta y más grados a la sombra, es igual...que alguna de las exóticas aventuras de alguno de esos rubios paisanos.- pero mi amigo me dijo que no podría ir a recogerme al aeropuerto, lo que me cabreó bastante. Me pareció una falta de cortesía imperdonable. Sobre todo teniendo en cuenta que yo siempre lo había agasajado con esa típica -posiblemente bien heredada de nuestros conquistadores los árabes...- acogida cálida que se les da aquí a los forasteros y que a estos tanto les gusta. Mucho más cuando el forastero está cantando a todo volumen lo mucho que te ama.
Sin embargo, a pesar de que mi amigo no sólo tenía un coche sino siete deportivos -en los lugares ricos se coleccionan coches deportivos mientras en el sur pobre a lo más que llegamos es a los sellos...- a mí me sugiere que, al llegar al aeropuerto tome un tren que me pondrá en contacto con su pueblo a una hora de la capital.
Lo mandé a hacer gárgaras. Midnightsun incluido.
La primera mañana que tropecé con ellas, me dirigía a la cocina para preparar mi desayuno. Una ristra de color oscuro bailaba la conga a través de los azulejos. Partían de un respiradero con dirección asistida y conjuntivitis paseando marciales congestionando la luz tenue.
Las seguí hasta donde pude. Paseaban alrededor de la cocina, haciendo distintas escalas en el fregadero donde tomaban un baño, en la alacena de los vasos y platos, donde chamuscaban el tiempo, chapoteaban en el cajón de los cubiertos y ya en el lugar de las infusiones, le quitaban las espinas al olor del té.
Pero no lograba entenderlo. Si hay una cocina desnutrida en el mundo, ésa es la mía.
Mientras me preparaba un café con leche les hablé lo más amablemente que pude, teniendo en cuenta que no me gustan los bichos. Sé que no debería decirlo, ahora tan de moda emular a San Francisco de Asís, hermano lobo, hermana sabandija...Dios lo tenga en su gloria, que lo tendrá.
Como al lado de mi apartamento vive un matrimonio de ojos rollizos y piernas verdes, escociendo en su casa los más culinarios olores a comidas bien condimentadas, les aconsejé que les regalaran una visita. Cabe imaginar que tendrán una suculenta nevera llena a más no poder de toda clase de manjares.
No sé si me entendieron pero supuse que sí. Tenía cosas que hacer y continué con mis obligaciones.
Fui al baño a tomar una ducha. Pero ellas habían llegado primero. Estaban con desfachatez escanciando abluciones con mi mejor gel de marca italiana. Ya no pude más. Confieso que perdí los nervios y con la ducha cometí un genocidio, en este caso hormiguicidio.
Decidí hacer limpieza. Esa limpieza de primavera que se me pasó hacer en dicha estación. Estábamos en Agosto, pero qué importa. En alguna parte del mundo tal vez es primavera.
En fin, me pasé el día haciendo malabares con productos tóxicos...faltó poco para que fuera yo la exterminada con todos los malévolos efluvios. Pero acabé el día sellando brillos hasta en lo más recóndito de la intimidad de mi casa.
No había hormigas. Pasé la prueba del algodón. Todos los anuncios de limpiadores se sembraron en mis paredes con tenedor y cuchillo.
Esa noche dormí tranquila, dentro de mis pesadillas con soriasis en las uñas.
Por la mañana ni me acordaba de aquella anécdota pero al llegar a la cocina de nuevo las vi. Era como si a mis paredes les hubiera crecido el bigote. No entendía nada. Estaban invadiendo mi casa en un perfecto pretérito orden, una detrás de otra, así porque sí. Todas hacían lo mismo. Buscaban algo. Pero no era el lugar apropiado. No entendí cómo me lo pusieron tan fácil. Estaban en el fregadero. Sólo tuve que abrir el grifo para acabar con buena parte de las intrusas. Me dio pena pero por otro lado me pareció estúpida su actitud.
Aún así, no sé bien cómo, las hormigas no se iban. Conforme más mataban más llegaban nuevas.
Salí a comprar un ángel exterminador concentrado en spray y las rocié de todos los gases “holocaustenses”, si existe la palabra.
Me dirigía al lugar desde el cual parecían salir y pulsé con fuerza el mágico botoncito que al igual que con el detergente, por poco no hizo que fuera yo la aniquilada.
Un par de horas más tarde, al intentar tomar azúcar para mi café vespertino, una lava negra salida de aquel cráter se desparramó por todo el recipiente. Me dio repelús. Las hormigas huían pero después de haber saciado su gula en tanta dulzura, se las veía rollizas, menos ágiles, infladas de celulitis en las antenas.
Pensé que tenía mucho que hacer. Intenté quitar todo lo que fuera medianamente comestible de su vista y lo metí todo en el frigorífico. Volví a hacer limpieza a casa estaba tan limpia que yo me veía reflejada en cada rincón. Pero tampoco surtió efecto. Si iba al baño estaban en allí endulzándose con mi gel de albaricoque. En mi habitación se encaramaban a mi perfume de naranjas. En mi estudio invadieron mi bombonera llena de caramelos.
Me di por vencida y me dio por observar. Pensé en lo que pienso siempre cuando tengo una desdicha. Ya sea grande o pequeña: escribir sobre el tema. Noté que las volvía locas todo lo dulce así que..."si no puedes con tu enemigo, únete a él."
Fui al supermercado y compré toda clase de alimentos empalagosos, mieles, chocolates, nata...y fui dejando el producto en lindos platitos en el suelo de la casa. Platitos de colores, platitos molidos, platitos volantes...todo era poco para ellas. Y ellas engullían. Yo me senté encima de la mesa con mi cámara de vídeo. Era una voyeur gastronómica. Comían y comían. Con la lengua. Con las patas. Con las pestañas que les salían de las ideas. Con las ideas que no tenían. Con devoción.
Después, saciadas, comprobé algo con lo que no contaba. Algo digno de un "expediente equis", muy normal, por otro lado, en mi vida. Las hormigas, después de darse un soberano atracón, exhaustas, iban arrastrando sus barrigas (porque ahora tenían barrigas) hasta el baño. Allí, después de mirarse en todos los espejos, ponían cara de pánico y metiéndose los dedos de las patas en la boca, vomitaban. ¡Tenía en mi casa un ejército de hormigas atacadas también por esa enfermedad de diseño que es la bulimia! No podía creerlo. Vomitaban azúcares. Vomitaban deseos. Vomitaban en redondo. Vomitaban psiquiatras con divanes incluidos. ¡Aquello era la pera! Después se quedaban tan panchas despanzurradas por ahí. Quince minutos más tarde, de vuelta a empezar. Me tenían frita con todo aquello. Pero me daban pena. Intenté hablar con ellas...pero me sacaron la lengua y me llamaron "gordita". Aquello por supuesto me resbaló. Tuve que ir a comprar más para mis invitadas. Y yo dejé de dormir. No podía con todos esos bichos por allí engullendo y vomitando. Mi apartamento se llenó de hormigas que llegaban de todas partes. Reinas, obreras, clase media, clero, zánganos... se encaramaban al piano y entre atracón y atracón se colaban por las rendijas de las teclas y dormían acordes disonantes. Construyeron agujeros subterráneos en el aire agridulce de los muebles. Se mordían las antenas parabólicas y enjaulaban centilitros de enfermedades crónicas. Eso sí, me estaba saliendo un reportaje digno del "National Geografic". De hecho pensaba hacerme rica con aquello. Grababa y grababa...hasta que me cansé.
Empezaron a tener la desfachatez de reproducirse. En mis narices. Parían hormiguitas bebés que comían huevos escalfados. Parían por los ojos. Parían por los dedos. Y el ombligo. Porque estas tenían ombligo. Yo no lo podía consentir. Y tenía mucho sueño. Y estaba sometida a un secuestro en mi propia casa. Y yo tenía el síndrome de Estocolmo. O el de Copenhague....qué más da.
Decidí aumentar la dosis. Con mi batidora preparé un brebaje digno de la más preciada bruja, o de un gran chef. Qué importa.
Tuve una idea genial. Llamé a cuatro de mis mejores amigos, que habían sido ex novios en su momento.
Héctor Julio, un guapísimo y dulce argentino. Óscar Román, la gallardía mejicana llena de miel. José Gerardo, el bombón costarricense. Jacobo Ernesto, el sexy venezolano. Les conté el problema. Y me ayudaron, con esa típica galantería latina que tanto nos vuelve locas a algunas europeas. Se metieron ellos mismos en la batidora y los batí junto con los demás ingredientes. Por supuesto antes les hice el amor frenéticamente a cada uno de ellos. Fue un detalle por mi parte, lo reconozco.
Así salió aquel bebedizo. El batido hablaba con el empalagoso acento de los culebrones. Fui poniendo pequeñas dosis en cada plato...y esperé. Ellas fueron ligeras. Lamieron, bebieron, chuparon, masticaron, se bañaron...no podían parar. Era demasiado para cualquiera.
Entre convulsiones, espasmos, taquicardias, contorsiones, discursos políticos, y risas histéricas, una por una fueron muriendo. Habían probado de mi jarabe de sobredosis que hubiera matado a cualquiera.
Después hice limpieza. Y nunca más fui visitada por hormigas. Mi casa se declaró zona catastrófica y maldita por semejantes insectos. Y gané dinero con mi reportaje. Como no.

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